La Leyenda de Las Muñecas de Cristal

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Un navío a la deriva,

Descubrió un cofre,

En altamar flotando.

Llevaban dos días sin beber,

Y se estaban marchitando,

Las horas de vida,

En cubierta, agonizando.

Lanzaron redes y por fin,

Pudieron pescarlo,

Dentro había una muñeca,

Atada a una mujer muerta,

Con espinas y cardos.

Parecía agua lo de dentro,

-¡Aguadulce!

Gritaron los sedientos.

-¡Abridla ya!

Gritaron casi muertos,

De aquella muñeca,

En forma de botella,

Todos bebieron,

Y aquel elixir,

No se agotaba, ni extinguía su volumen,

Ni su buen cuerpo.

De pronto las visiones de la muerte,

De todos se apoderaron,

La mujer se levantó desnuda,

Y sacó otra muñeca de entre sus piernas huesudas,

Igual a la que la tripulación había birlado.

Un polvo fétido y de escamas secas se levantó,

Su piel era como la de un escualo,

Y sus ojos rojos como los ojos del diablo.

Aquella aparición bebió de un sorbo,

Y acabó todo el líquido que tenía la segunda muñeca,

Entre sus anfibias manos.

Habéis bebido las lágrimas

De una sirena muerta que habéis exhumado,

-Dijo mordisqueando el miedo de los marinos,

Que le miraban asombrados.

-Ahora vuestras esposas serán muñecas,

Antes de la tercera luna y moriréis disecados.

Beberé de ellas como botellas,

Y toda su sangre me dará vida,

Serán mis muñecas,

Y solo ellas me harán dormir,

Cuando  este agonizando.

Todo aquel que haya bebido,

Merecerá este cruel destino,

Y aquel que yazca muerto ahora,

no podrá ser jamás vencido.

Quien no tenga mujer, ahora ya la tiene,

Mirad mi carne carcomida por los peces,

Amadme o sino el veneno,

Os hará agonizar diez meses,

Pues la cura yace ahora en mi sexo,

En mis senos,

y en mis labios de sierpes.

ROGERVAN RUBATTINO ©


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