La Demonóloga (Fragmento, Cuentos de Espanto, de Muerte y de Insania).

La Demonóloga (Fragmento, Cuentos de Espanto, de Muerte y de Insania).

 

En el Convento de Las Hermanas del Perpetuo Socorro había una biblioteca privada y enorme que a lo largo de sus 92 años de vida el Cardenal Ambrosio había atesorado, junto a otros volúmenes rescatados de un antiguo prelado de Asia Menor.

 

Olena, una novicia reciente la había descubierto, superando los rumores de que aquel recinto secreto era un bulo de convento o una banal leyenda de pasillo.

 

Le tomó dos años descubrir algo que yacía dos siglos oculto, así que, en las noches, se escabullía de su celda para ir a hurgar entre los libros de aquel tétrico lugar.

 

Olena de diecisiete años, provenía de una familia acomodada y había conocido la miseria a raíz de la muerte de sus padres en un terrible accidente.

 

Su siniestro tío Jacomo, se hizo de todo y se las arregló para desheredarla y dejarla en la calle, aduciendo entre otras cosas que la muchacha sufría de esquizofrenia y tenía la tendencia a destripar animales y crucificarlos.

 

Olena fue a parar de sanatorio en sanatorio mental hasta que fue a dar al convento gracias a un “trato sáfico” que hizo con la rectora.

 

Su obsesa afición al ocultismo empezó desde muy temprana edad, por eso ardía la idea en su interior de que en aquella biblioteca encontraría algo interesante para ver.

 

Luego de un mes sin encontrar más que polvo, telarañas y libros de derecho canónico, Olena tropezó con un libro húmedo que estaba en el suelo. Extrañada lo recogió mojándose las manos de un líquido viscoso y blanquecino similar al esperma de una vela.

 

Abrió el libro sin esperar ver nada debido a su estado. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando advirtió que era legible y aquella “leche mística” no impedía su lectura.

 

Primero vio unos sellos y luego unos diagramas que parecían símbolos o firmas. El libro solo tenía dibujos, cientos de ellos. Era como un diario escrito a mano, sus páginas, tacto y aspecto sugerían una antigüedad manifiesta y remota.

 

El libro, a medida que lo revisaba, empezó a despedir un olor muy fuerte, una emanación similar a la que despiden los genitales humanos. Pero, el asco no le venció y siguió viendo enajenada todos los símbolos mientras sonreía espasmódicamente.

 

Fue entonces que absorta en su ejercicio, una brisa repentina se agitó, provocando que la vela que llevaba se apagara, dejándole en una oscuridad absoluta. Sobresaltada dio un paso atrás, cuando notó tras de sí la presencia de algo extremadamente grande que casi le abrazaba por detrás.

 

Olena contuvo el aliento sin moverse, cuando vio como una gran mano peluda y con unas uñas negras similares a las de las rapaces se estiró entre su cuello y su hombro intentando lentamente alcanzar el libro que ella sostenía.

 

Empezó a temblar hasta orinarse encima, su rostro pálido y aterrorizado se deformó en una mueca profunda y desencajada, mientras el libro era retirado de sus manos por aquella grotesca zarpa.

 

Aquello se alejó de ella una vez le despojó del libro. Inmediatamente la vela apagada volvió a encenderse sin más. La novicia asustada de muerte gritó y salió de allí corriendo con el alma en los talones.

 

Pasaron unos días, hasta que se calmó. Desde aquel aciago día no dormía, pero no había signos de cansancio en su rostro, ni tenía síntoma ninguno de astenia o de verse privada del descanso.

 

Aun conmocionada por su experiencia Olena vagaba por el convento como alma en pena y la mirada perdida. Las otras hermanas ya empezaban a preocuparse y a notar un comportamiento errático en ella.

 

Sus ojos negros parecían dos centellas atrapadas en un universo inexplicable y oculto, lleno de lluvia.

 

Por más que intentara alejarse del ala donde se ocultaba la biblioteca algo le atraía hacia allí. Un sentimiento irrefrenable que cada día era más poderoso…

Más fragmentos de la Obra a publicarse el próximo 30 de octubre

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Un Ataúd para dos

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ROGERVAN RUBATTINO ©

 

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