Yo nací creando escalones en el cielo,

con una tela blanca asida sobre mi cuerpo,

fui caminando sobre el aire,

fui balanceándome como un péndulo,

que no toca el tiempo con sus leves cuerdas.

Yo ascendí entre los ojos de la gente,

y sus bocas incrédulas… llenas de desdén,

sólo para caer algunas veces,

sin rendirme, sin ceder.

Yo nací imaginándome: subiendo y flotando,

como un espíritu del aire,

como una nube humana adornada por el cierzo,

que la va exornando con sus dulces efectos.

Desde lo alto veía las llamas y el furor,

la multitud en círculo mirar,

creer o desconfiar sobre mi vida:

un alma que nació desde el más allá aterida.

Floto buscando en cada paso los restos de la luna,

la dulce lágrima nocturna que ilumina,

las caras de la lluvia,

enarbolada de azul,

entre jirones y fulgores y musas.

Desde arriba puedo ver mi sombra danzar inocente,

sobre las cabezas de la gente,

y mis pies nadar en el vacío,

al compás de un invisible río.

Hay peldaños en la brisa, y en la sonrisa de la noche,

puedo nadar de abajo hasta arriba,

puedo hacer etéreos… caminos en tu nombre.

¡Y esa fuerza de las siluetas del silencio al danzar,

son el hálito perenne y noble,

del movimiento en frenesí,

que me eleva hacia el más allá,

hacia el edén azabache de la noche!

¡Los que desafían la senda del aire y la vid,

que derrama sutil,

su néctar de estrellas,

y los que arden sin advertir su fin,

entre las quimeras más bellas!

-Esos son, los alados seres de azabache-

Confesaba el mar en miniatura, visto por los ojos de las alturas.

-Esas son las naves que se disipan sin Levante-

remató el tiempo susurrándole en su cuna.

Soy quien se mece entre los hilos de la eternidad,

y con el etéreo vaivén se va desenredando,

en los pétalos invisibles del solsticio,

que la vida erosiona con su tacto,

son ambos un lago profundo y finito,

lleno de corazones que no sienten  y ojos que no ven…

allá en la sima su bailiazgo.

Yo subí los niveles del oropel oscilándome,

vistiendo las digitaciones de un arte,

visitando dulces campanas y balanceándome,

por una vereda, por un barján inagotable.

Yo nací descolgándome entre entornos de abriles,

acaso por mustios onoquiles,

que aletargaban mi ascenso,

en mil veranos e inviernos, de inexorable movimiento.

Yo nací en el seno noctilucente del estío,

desafiando las umbrías y el marasmo ardiente,

del sereno que te arropa, con su fuente,

de efluvios y nudos es mi vida y mi muerte.

ROGERVAN RUBATTINO ©

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