La educación en nuestros tiempos esta pervertida por la inmediatez y las expectativas sociales del mundo moderno que le han desvirtuado de la idea que tenían los ilustres iluminados de antaño. Ya no se fuerza al aprendiz a comprender más allá de lo evidente, no se educa para pensar sino para reproducir contenidos memorísticamente como autómatas.

La mayoría de los individuos no se educan para cultivar la sabiduría de los filósofos cuya misión primordial era ésta, sino más bien para encajar en un sistema productivo y consumista, donde se consumen títulos, grados y másteres como objetos de deseo más que de realista superación intelectual.

No conviene pues según el modelo de educación moderno volver al ser humano a su capacidad primordial de pensar, reflexionar y crear a partir de ideas y conceptos de las ciencias, nuevas formas de entender y explorar la realidad.

No interesa a los gobiernos de este mundo sacar a las masas de su enajenación, de su adormecimiento en la ignorancia, muy por el contrario, se empeñan en recortar y en hacer más difícil el acceso a un sistema día a día más obsoleto, pero suficientemente imperfecto para crear intelectuales castrados, cuyos racionamientos calcados a la norma no producen nada más allá de lo que ellos subliminalmente hacen llamar ciencia.

Las artes que la obra de Melzer rescata y sus lineamientos no tendrían cabida en el sistema ni en el mundo que hoy vivimos, puesto que para gozar de los beneficios de la oscuridad hay que ser capaces de crear la luz y reflectarla en el momento y en el lugar justo.

Esa educación que Sócrates y otros filósofos de la humanidad concibieron enarbolaba la oscuridad como el inevitable estimulo del genuino pensamiento, una cualidad humana o una utopía reservada para unos pocos, que a la postre se difumina peligrosamente en un sistema de valores opuesto.

No veo una utilidad efectiva del esoterismo pedagógico si se pretende enderezar de raíz el bifurcado y torcido árbol de la ciencia, sus beneficios no cumplirían la función de los intereses creados, donde también la educación ha levantado sus lupanares de intelectualismo.

Uno mal llamado intelectualismo científico que por dentro está vacío y lleno de nada, una nada donde no tienen cabida los defensores de la sabiduría que un día lo concibieron.

 

ROGERVAN RUBATTINO ©

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Fuentes

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