Ese viento agreste que sopla entre tus cabellos, esas hojas secas que danzan en el camino mientras nos despedimos, quizás para siempre.

Y la lluvia no cesa de caer.

 

Esa sonrisa teñida de tanta historia escurriéndose entre mis ojos, y tus brazos tiernos apagándome las lágrimas como molinos de viento.

Ululantes respiramos entre brasas de nuestros propios miedos,

caminamos lejos como si supiéramos estúpidamente a donde ir.

 

Ese rayo de sol fugitivo que reverbera en tus pupilas, como un lago en el cielo, donde me sumerjo aterido, es un breve consuelo, el misterio sin velo, el ocaso malherido.

Y tú, que no dejas de apretarme los dedos, como si un estertor aleve se materializara en la escena.

 

Somos dos siluetas borradas por la tempestad de un vaso de agua, mudos y enardecidos, como fieras mansas en la marea mansa.

Ese día no fue un solo día, ni fuiste tan sólo mía, las campanas de tu alma repicaron en mi arca, anunciando el cruel diluvio.

 

Ese viento, esa sonrisa, ese rayo, y como un susurro de relámpago el desmayo, el desvanecerse eterno sin que nadie sepa de nuestros anhelos,

y nuestros espejos de fuego.

ROGERVAN RUBATTINO ©

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