Atavismo de Orive o la Serendipia del rábido quiescente

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Ella es como la misa que no culmina el día del luto final:

la aporía que musita una sílaba entre vértebras de viento matinal.

Ella es el templo de la montaña cubierto de huertos y de nopal,

donde se mecen mis umbrías

de vate sempiterno y ancestral.

 

Ella me llama desde el más allá

con sus voces de niña

vestida de ceniza y de sombras húmedas y yertas.

Lleva sus guedejas como el refilón de una estrella

en la reluctancia del vacío.

 

Ella es orive, ella es ábside

de mi corta y efímera eternidad.

Ella me reclama desde el otro lado,

con su risa de fiera,

con sus besos calinosos de furiosa calma.

 

Y yo

como un dominé leguleyo,

voy cual ardentía de crepúsculo

sembrando mi semilla

en su pupila nasal.

 

Ella me llama desde el más allá

con su aljuba de crespones y liras,

con sus arcones de mistéricos Escilas.

 

Y yo

como una abstrusa ave sanguínea

voy perdiendo altura,

precipitándome

con mis vegetaciones arrecidas.

 

Ella es como la herida que avizora

en mis péndulas

y pasifloras.

 

Ella es la luna que barzonea entre mis aceñas,

con un clamor de nido,

con un vaho aterido

a mi enjuta memoria.

 

ROGERVAN RUBATTINO ©

 

 

 

 

 

 

 


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